Hoy en la noche decidí que, en unos años, probablemente me voy a marchitar, como la flor más alejada del núcleo. Mis pétalos caerán anualmente, de la misma forma en la que cae mi esperanza. El tiempo no perdona.
Quizá sea como un girasol: uno que conserva algunos pétalos incluso estando moribundo. Pero eso solo sería posible si fuera un girasol encerrado en un florero, uno que alguien decidió conservar.
O quizá sea un girasol que nunca fue cortado. Uno que creció libre, pero al que nunca le llegaron las manos, ni las miradas, ni las oportunidades.
Probablemente me habría ido mejor si el sol y las oportunidades me hubieran golpeado más fuerte. Aunque oportunidades tuve. Solo que muchas veces fui demasiado estúpido para reconocerlas.
Tal vez fui la luna, pero la luna es demasiado celosa. Siempre está mirando al mundo desde lejos, pero nunca puede tocarlo.
Tal vez fui una chaqueta, pero me desgasté demasiado rápido. Protegí, abrigué, resistí... hasta que el color empezó a desaparecer.
Tal vez fui una araña, pero caí de mi propia telaraña y nunca aprendí a construir otra.
Tal vez fui todo y a la vez nada. Tal vez pensé que no era nada cuando en realidad fui mucho más de lo que pude ver.
O tal vez, simplemente, no fui ni mierda.
Creo que los 30 son una buena edad para quedarse quieto en el tiempo. Espero que cuando llegue a esa edad pueda decir que estoy pleno, que finalmente encontré un lugar donde descansar.
Y si no es así, se pospone.
Quizá la vida también sea eso: cambiar la fecha, mover la meta, seguir intentando un poco más.
Ay, pelusa... qué haremos contigo.
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